Sicarios y putas

Ayer fue San Francisco de Sales, patrón de los periodistas. Y voy y me entero de esto el día en que más asco me da haber decidido dedicarme a todo el tinglao que llamamos “periodismo”.

Leo en XLSemanal  un reportaje sobre el fiasco de la Gripe A. ¿Se acuerdan? Aquella megapandemia que nos iba a matar a todos y que iba a dejar el mundo más desierto que el cerebro de Pocholo Martínez Bordiú. Aquella enfermedad que nos tenía muertitos de miedo preguntándonos si iba a haber vacunas para todos y que, efectivamente costó al Ministerio de Sanidad la friolera de 333 millones de euros por 37 millones de dosis. Ahora resulta que sobran 26 millones porque la sociedad española ha pasado bastante de las vacunas por ser contraproducentes en ciertos casos y porque el león no era tan fiero como lo pintaban. Y es que más que león, era un gatito.

En el citado reportaje se desgranan las cuestiones que han llevado al Consejo de Europa a crear una Comisión de Salud que investigue el caso porque, al parecer, un listo llamado Albert Osterhaus (virólogo) empezó a hacer cundir el pánico por la Gripe A siendo consciente de que la enfermedad era menos mortífera que la gripe común y teniendo posibles intereses en varias empresas farmacéuticas. ¿Y quiénes fueron los responsables, ávidos de noticias y de ventas de ejemplares, de que la paranoia se extendiera por todo el mundo? ¡Sí! Los medios de comunicación ( y la Organización Mundial de la Salud también, pero eso es lo que se tendrá que descubrir en la citada comisión). Por favor, si recomendaban incluso evitar besarse.

Éste es el graciosito de Albert Osterhaus, ojalá se te caiga hasta el peluquín, por listo

Además es que el ser humano de hoy, para el tema de las enfermedades y los peligros a gran escala, es la rehostia. Al hilo de esto, recuerdo una anécdota que me sucedió en París en mayo del año pasado (en plena efervescencia de lo que, por entonces, era la “gripe porcina”). Me disponía, junto con otras dos personas, a subir a lo más alto de la Torre Eiffel, cuando de repente, caímos en la cuenta de que el encargado del ascensor llevaba puesta una mascarilla de tamaño algo desproporcionado. En tono chistoso, empezamos a bromear con la posible pandemia y a ponernos las bufandas a modo de mascarilla. A los dos minutos, la gente miraba al encargado y su mascarilla, a nosotras y nuestras “bufandas anti-ataque bacteriológico” y de nuevo al encargado y a su mascarilla. Pues bien, no se me olvidarán en la vida los rostros de auténtica preocupación de los presentes en la fila respirando a través de los cuellos de sus abrigos o sus pañuelos disimuladamente, así como quien no quiere la cosa. Todavía me troncho de risa al acordarme de todo aquello.

Vacunas almacenadas y muertas de risa

Intereses económicos de empresas o estados + medios de comunicación al servicio de todo el que ponga dinero encima de la mesa + una sociedad que ha visto demasiadas películas de catástrofes = PSICOSIS. Esta fórmula se viene repitiendo ya con demasiada frecuencia y, sinceramente, yo me estoy cansando. Desde aquel pájaro carpintero muerto que desató la ola de pánico por gripe aviar ya tardaban en meternos el miedo en el cuerpo.

Todo esto de la gripe A, ha sido sólo un ejemplo reciente de hasta qué punto los medios de comunicación hacen que los periodistas se vendan por un puñado de euros, como sicarios y putas de la tecla de ordenador, haciendo que este oficio se torne indigno y quitando la ilusión tanto a los que empiezan como a los que ya peinan canas en el asunto. “El oficio más bello del mundo”, decía el genio Gabriel García Márquez. Lo siento, Gabo, pero (con todos mis respetos)…y una mierda.

Luego nos sorprende que, según el último Informe de la Profesión Periodística de la Asociación de la Prensa de Madrid, seis de cada diez españoles tengan una imagen regular, mala o muy mala de los periodistas. Los motivos a los que se apuntan son “la vulneración de la intimidad, la manipulación, el partidismo y el sensacionalismo”. Y después de esto, se nos llena la bocaza con gilipolleces como “somos el cuarto poder” , “somos la condición para que exista la democracia”, “somos quienes damos la verdad a los ciudadanos”. Somos, somos, somos…putas y sicarios, señores, y no hay más. O trileros, si los anteriores calificativos les parecen indecorosos (aunque no sé cuál de las tres cosas es peor).

Yo elegí este oficio porque sólo oír la palabra “periodismo” o “periodista”, me helaba la sangre en las venas, y porque creo que es posible cambiar aunque sólo sea un puñetero metro cuadrado del mundo a través de lo que escribimos. Sigo creyendo en el periodismo, pero…un mal día (del periodista) lo tiene cualquiera.

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~ por analistaextremista en enero 25, 2010.

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